Innovar para quien no eres: Salud de la mujer y aprendizajes al construir Maia Care

Lucas del Corral

Building Manager

Acabábamos de presentar Maia Care a un importante grupo de salud. Habíamos hablado de más de treinta síntomas relacionados con los cambios hormonales del climaterio y de cómo pueden afectar al bienestar físico, psicológico, emocional y social de las mujeres. La primera reacción de quien tenía capacidad de decisión fue: "Sí, pero nosotros tenemos la andropausia".

La conversación empezó a desplazarse hacia los hombres y su experiencia. Me llamó la atención la facilidad con la que, después de hablar de una realidad que afecta a tantas mujeres, volvíamos a colocar la nuestra en el centro.

Lo que aquella escena me hizo pensar fue cuánto nos cuesta sostener la mirada sobre un problema que no vivimos. Y qué consecuencias tiene esa dificultad cuando debemos decidir qué investigar, qué construir o dónde invertir.

En salud, elegir a quién estudiamos tiene consecuencias que duran décadas. En 1977, la FDA recomendó excluir a las mujeres con capacidad de quedarse embarazadas de los ensayos de fase I y las primeras etapas de fase II. La medida respondía a preocupaciones sobre los riesgos durante el embarazo, pero su alcance incluía incluso a mujeres que utilizaban anticonceptivos. La exclusión contribuyó a una falta de datos sobre cómo les afectaban los medicamentos. En 1993, la inclusión de mujeres en la investigación clínica financiada por los NIH pasó a ser una obligación legal. [1]

El ciclo hormonal también se utilizó como argumento para limitar la participación de mujeres en la investigación clínica. En 1993, el Institute of Medicine identificaba las variaciones hormonales y su influencia sobre los resultados entre las barreras a su inclusión. El propio informe señalaba la paradoja: esas diferencias hacían especialmente importante investigar cómo respondían las mujeres a los tratamientos en distintas fases del ciclo menstrual y antes y después de la menopausia. Aquello que necesitábamos comprender se había convertido en una razón para dejar a las mujeres fuera de parte de la investigación. [2]

El sesgo de género puede incorporarse a la investigación al decidir qué experiencias recogemos y qué preguntas hacemos. Incluir mujeres es necesario. También lo es analizar si los resultados difieren entre ellas y los hombres. De lo contrario, corremos el riesgo de construir soluciones sobre una visión incompleta de las personas que las utilizarán.

Algo parecido puede ocurrir al evaluar oportunidades de inversión. Según el informe de BVCA y Level 20 de 2025, las mujeres representaban el 16 % de los miembros de los comités de inversión analizados en el sector británico de private equity y venture capital. Es una cifra de un mercado concreto, pero permite observar el desequilibrio en un espacio donde se decide qué proyectos reciben recursos para avanzar. [3]

La composición de un comité no explica por sí sola sus decisiones. Aun así, me preocupa que, cuando quienes deciden comparten experiencias similares, resulte más difícil reconocer la importancia de problemas que quedan fuera de ellas. La falta de familiaridad puede confundirse con falta de demanda. Para un proyecto, eso puede traducirse en tener que demostrar primero que el problema merece atención antes de poder explicar cómo pretende resolverlo.

Hay evidencia de que la representación también se relaciona con lo que inventamos. Un estudio publicado en Science en 2021 analizó patentes biomédicas estadounidenses registradas entre 1976 y 2010. Encontró que las de equipos inventores exclusivamente femeninos tenían un 35 % más de probabilidad de centrarse en salud de la mujer que las de equipos exclusivamente masculinos. Quién participa en la innovación ayuda a explicar qué necesidades reciben atención. [4]

Todo esto también nos interpela a quienes trabajamos construyendo nuevas empresas. Si solo sabemos identificar oportunidades a partir de nuestra biografía, nuestra capacidad de innovar queda limitada por ella. Investigar nos permite ampliar esa mirada, siempre que estemos dispuestos a dejar que lo aprendido cambie nuestras decisiones.

Así fue tomando forma Maia. Desde Byld, comenzamos explorando oportunidades en salud y bienestar. Al profundizar en el climaterio, combinamos investigación de mercado con entrevistas a mujeres, profesionales y otros actores del sector.

Una de las mujeres entrevistadas ejecutiva de una importante empresa internacional, contaba que prefería enviar a otra persona a reuniones con hombres por miedo a sufrir un sofoco, ponerse roja y comenzar a sudar. Lo que sobre el papel podía aparecer como un síntoma físico estaba condicionando su participación profesional. El temor a tener que explicarlo, en un entorno donde apenas se hablaba del tema, añadía otra dificultad. [5]

Escuchamos también relatos de distanciamiento en pareja y de problemas para comprender y expresar lo que estaba ocurriendo. En esas conversaciones aparecían el dolor, la incertidumbre y el silencio alrededor de cambios que afectaban a la intimidad. Hablar de bienestar exigía entender las relaciones y el contexto en el que cada mujer vivía esa etapa. [5]

Algunos médicos con los que hablamos reconocían no sentirse suficientemente preparados y señalaban carencias en la formación que habían recibido. La OMS también advierte de que la menopausia recibe una atención limitada en los programas formativos de muchos profesionales sanitarios. [6]

Aquella investigación nos ayudó a conectar necesidades que, vistas por separado, podían parecer problemas distintos. Aliviar los síntomas importaba. También recuperar confianza para participar en una reunión, encontrar información comprensible y disponer de un espacio donde hablar sin vergüenza. El propio Discovery recogía la necesidad de soluciones discretas junto con el valor de normalizar la conversación. [5]

Esos aprendizajes contribuyeron a dar forma a Maia Care, una propuesta de acompañamiento durante la perimenopausia y la menopausia que reúne planes personalizados, acceso a profesionales y comunidad. Su construcción nos exigió comprender cómo se relacionaban las necesidades físicas con las emocionales y sociales, y trasladar esa comprensión a una propuesta que pudiera ser útil en la vida cotidiana.

Para mí, ese proceso contiene uno de los aprendizajes más valiosos del venture building: podemos emprender para personas cuya experiencia es muy distinta de la nuestra. Hacerlo exige reconocer lo que desconocemos y dar a quienes viven el problema un papel real en la definición de la solución.

La empatía se vuelve útil cuando cambia nuestra forma de trabajar. Cuando permite escuchar sin dirigir la respuesta hacia la idea que ya teníamos. Cuando buscamos experiencias diferentes y aceptamos que una entrevista cuestione una hipótesis que parecía convincente. Para que ese aprendizaje llegue al producto, necesitamos contrastarlo con evidencia y con profesionales, y seguir aprendiendo de las personas que lo utilizan.

En el corporate venture building, esa responsabilidad alcanza también a quienes asignan presupuesto y toman decisiones dentro de las compañías. Podemos acercarles necesidades que todavía no conocen bien, contrastar su dimensión y diseñar pruebas que permitan evaluar una oportunidad. Una necesidad desatendida merece investigación rigurosa, y su traducción en un negocio sostenible requiere validar la solución y el modelo.

Escuchar otras vidas también nos cambia personalmente. Nos permite comprender por qué algo que desde fuera parecía una molestia puede afectar a la forma en que alguien trabaja, se relaciona o se reconoce a sí misma. Esa comprensión puede hacernos más solidarios y ayudarnos a ver oportunidades que antes pasaban inadvertidas.

Cuando vuelvo a aquella presentación de Maia, pienso en la conversación que podríamos haber tenido si hubiéramos permanecido un poco más en la experiencia de esas mujeres. Antes de trasladarla a nuestro terreno, podríamos haber preguntado qué necesitaban para seguir participando en una reunión sin miedo o para poder hablar de lo que les pasaba.

Construir Maia me ha enseñado a detenerme ahí. A escuchar lo suficiente para que una realidad ajena pueda cambiar mi manera de entender un problema y de trabajar sobre él.



Fuentes:

  1. NIH Office of Research on Women’s Health. History of Women’s Participation in Clinical Research (2024). Exclusión en fases tempranas y legislación de 1993.

  2. Institute of Medicine. Inclusion of Women in Clinical Trials: Policies for Population Subgroups (1993). Barreras a la participación de mujeres y necesidad de estudiar las diferencias relacionadas con el ciclo menstrual y la menopausia.

  3. BVCA y Level 20. Diversity in UK Private Equity and Venture Capital 2025. Representación de mujeres en comités de inversión del Reino Unido.

  4. Koning, Samila y Ferguson. Who do we invent for? Patents by women focus more on women’s health, but few women get to invent (2021). Science, 372(6548), 1345–1348.

  5. Byld. Genesis Problem Discovery. Health & Wellness > FemTech Menopause (agosto de 2024). Investigación interna. Diapositivas 10, 20, 32–35 y 44–46. Testimonios parafraseados y anonimizados.

  6. Organización Mundial de la Salud. Menopause (16 de octubre de 2024). Impacto sobre el bienestar y limitaciones en la formación sanitaria.

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